Lapsus linguae

(Atención al cartelito, que se las trae)
Hoy quisiera hablarles de las faltas de ortografía. Como traductor, me resultan inconcebibles las faltas de ortografías e intento cuidarme al máximo de ellas. Imagínense, un traductor que cuela errores ortográficos entre sus textos. Aunque hasta el mejor escribano hace un borrón y nadie está a salvo de errores, líbreme dios. (¿Que dios se escribe en mayúscula? ¿Y si me considero agnóstico y lo hago por motivos de conciencia?) Pues, aunque parezca mentira, los hay que, traduciendo hacia su lengua materna, meten la pata una y otra vez. Incluso he tenido experiencias con correctores que me han criticado “informar de que sucedió algo” porque, según ellos, era dequeísmo. Qué le vamos a hacer.
Hace varios días, comentaba con una amiga el agotamiento mental que sufro cada vez que, al leer cualquier tipo de texto, encuentro un error ortográfico o una “patada al diccionario”. Puede ser por deformación profesional, pero la verdad es que, al igual que mi amiga, me sobrecoge. Ahora mismo me acabo de acordar de alguien que me comentó que había encontrado una falta de ortografía gordísima en «La sombra del viento», de Carlos Ruiz Zafón. Lo que ahora no recuerdo cuál era.
También comentaba hace poco con un gran amigo su costumbre de comenzar los correos electrónicos como si de una conversación telefónica se tratara. Lo malo no es eso, sino que cada vez que lo veo me duele, pues empieza con un “olle, fulanito...” Ayer mismo se lo dije, a lo cual me contestó que sabe que se escribe con “y”, pero que lo escribe así por costumbre y porque es una marca personal. “Muy bien, Juan Ramón Jiménez.”
Ayer mismo hablé con un colega traductor, mi amigo Óliver, de lo que antes explicaba sobre los correctores. Me contó que a él le ocurre con frecuencia, cuando le critican que no acentúa ciertas palabras o que deja sin puntos algunas cifras. Nuestra respuesta suele ser siempre la misma: “no estoy de acuerdo; échele usted un vistazo al «DRAE», o al «Diccionario panhispánico de dudas», o al «Manual del español correcto». A nuestra respuesta, encontramos también alguna réplica como “ya, pero a mí me gusta más de esta forma porque así me lo aprendí yo”. O “ya, pero el cliente es el cliente y lo quiere de esta forma”. Sí, claro, porque el cliente, antes de encargar la traducción, le ha entregado a la agencia un manual de estilo de cómo quiere sus textos.
Bueno, tras este desahogo y esta reflexión sobre las faltas de ortografía y sobre esa enfermedad laboral del traductor, que consiste en malestar general cada vez que observa un error ortográfico, quisiera añadir una noticia que encontré en 20minutos. “Opositores a plazas de profesor de lengua española suspenden por faltas de ortografía”. A mí, en lugar de provocarme la risa, me provoca más de una reflexión.
Y ¿a ustedes?
Abrazos desde Canarias.


8 Comments:
La verdad es que da pena (digo pena por no decir vergüenza) que unos que se preparen para ser docentes de la lengua española suspendan por faltas de ortografía.
Yo soy la primera en defender cierta libertad en el uso del lenguaje y creo sano personalizarlo. Suele decirse que la cultura de una persona se puede medir por el número de palabras que utiliza en su lenguaje habitual.
En cuanto a las faltas que se citan: sí, son las habituales en el uso de la red y no creo que sea por ignorancia sino por “costumbres adquiridas”.
Pero también hemos de pensar en que muchos están acostumbrados a correctores ortográficos que tenemos muy “adiestrados” y que cuando prescinden de ellos les cuesta trabajo.
Un saludo
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bandida, at 11:46 PM
Terible, entre que lla no se lee y que los mensagitos de mobil éstan trallendo otro lenjuage, una berguenza. Si señor!
Llo se de esos sufrimientos ante una traducion mal hecha. Vesitos!
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Zuriñe Vázquez, at 8:50 AM
Reconozco que, como traductora, me fijo bastante en cómo están escritas las cosas, pero hay ciertos carteles publicitarios o títulos de programas (como "Que no te falte la pága" o "Hay una carta para tí") que hacen que me pregunte: "¿pero esto no pasa por un revisor?". Yo quiero pensar que la respuesta es negativa, para no seguir añadiendo granitos de arena a la montaña...
En fin, amigo Tenesor, supongo que manteniendo el espíritu crítico y algunos de esos diccionarios que sabiamente nombras a mano, podremos explicar el por qué de algunas de nuestras decisiones.
¡Un abrazo!
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Anónimo, at 9:46 AM
Mira que intento cuidar la ortografía, pero aún asi, se me escapan muchas tildes... mi mujer se enfada conmigo por ello...
Coincido con tu exposición, pero hay unas faltas de ortografía que considero incluso entrañables; seguro que habrás visto esos carteles colocados en las entrada de las casas y terrenos particulares de nuestros admirados trabajadores del campo: "Se bende bino del pais", "Proivido el paso", "ay papas vonitas"... éstas si que son disculpables desde mi modesto punto de vista. Saludos y un Havraso ;)
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Javi, at 1:40 PM
Hola Tenesor, Zenia desde:
http://imaginados.blogia.com
A veces por el apuro se me van pifias.
Pero también detesto las faltas ortográficas.
Es muy importante en todo medio de comunicación la existencia de un corrector.
En los periódicos ellos son figuras claves: recogen nuestras cáscaras.
Un abrazo.
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Anónimo, at 1:55 PM
Lei tu articulo de Lila. Hoy la veré en directo en Elorrio, Vizcaya! Me muero de ganas! Te acuerdas de mi?
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peceirus, at 3:55 PM
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Anónimo, at 6:44 AM
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Anónimo, at 11:47 PM
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