La revisión del imaginario colectivo y León Gieco
Mucho se ha hablado durante los últimos años en Canarias sobre un fenómeno tan antiguo como la historia del hombre y del hambre: la inmigración. Es cierto que han llegado muchas barcazas -la mayoría de ellas más que barcas parecían cáscaras de nuez- y que son muchos miles las personas que han llegado a las Islas Canarias en busca de un futuro mejor o, como mínimo, de un futuro. Sin embargo, también es cierto que son muchos, muchísimos, los que no han llegado: los que salieron un día y nunca regresaron. Quién sabe en qué zona del mar que nos une y nos separa se quedaron. Quién sabe en qué pensarán las madres, las esposas, los amigos de quienes partieron; quién sabe cuántas veces al día abrirán el buzón esperando una carta o acecharán el teléfono de reojo esperando a que suene.
Estos días, tengo el placer de acoger en casa a mi amiga Magda Bandera, una exitosa bloguera que, por escasez de tiempo, nos está privando de sus acertadísimas críticas y reflexiones sobre el mundo que nos rodea. Ha venido a Canarias a trabajar en un reportaje sobre la inmigración; ella pondrá una parte del mensaje -el escrito-, y su amiga y compañera Tatiana se encargará de la otra parte: el mensaje visual; la fotografía. Ayer, nada más llegar a Gran Canaria, compartimos un informativo en el que, una vez más, hablaron de la inmigración con unos términos descuidados y malintencionados. En un momento de la noticia, Tatiana surgió de su cansancio silencioso con una reflexión que me asalta a menudo: por qué tienen tan poca vergüenza algunos informadores y nos adoctrinan con el vocabulario.
Ciertamente, como comentaba Tatiana y como hemos dicho en multitud de ocasiones, ya viene siendo hora de que revisemos el vocabulario que utilizamos a diario. Será una tarea difícil, pues exigirá que todos nos quitemos la careta y mostremos abiertamente cuáles son nuestros verdaderos sentimientos; y ése es el problema.
A propósito de vocabulario, en cantidad de ocasiones, hemos discutido el verdadero origen de palabras como moro. La carga peyorativa que tiene esta palabra en la actualidad es más que obvia. Sin embargo, de una forma silenciosa, van penetrando en nuestro lenguaje y, de paso, en nuestro pensamiento. Recuerdo que, en el transcurso de una conversación, le hice una pregunta alguien:
-¿De dónde es él?
-Sudaca, sudaca.
Tardé un buen rato en salir de mi asombro al escuchar la respuesta y otro buen rato en descubrir que la persona que había utilizado tal término no sabía con qué sentido se utilizaba. Curioso asunto el del lenguaje.
Esta tarde, he descubierto una canción preciosa de León Gieco, un maravilloso cantante argentino nacido en Santa Fé. Su música la conocía desde hace años, entre otros motivos, gracias a su participación en el ESPAL, el Encuentro de Solidaridad con los Pueblos de África y Lationamérica que se celebra desde hace dieciséis años en mi municipio. La canción que hoy me maravilla -gracias, Leví, por revelármela- se titula «De igual a igual».
Para toda esa gente que bien por ignorancia, miedo o maldad pregona lo de “fuera de mi patria”, Gieco les manda un mensaje: “si me pedís que me vuelva otra vez donde nací / yo pido que tu empresa se vaya de mi país. / Y así será de igual a igual / y así será de igual a igual”.
Abrazos desde Canarias.









